Las Grandes Batallas Olímpicas: 1912 ESTOCOLMO. | Corredordefondo.com
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Las Grandes Batallas Olímpicas: 1912 ESTOCOLMO.

Texto Original de Norman Harris. Traducido por "Gaceta Ilustrada", 1972.
Gracias a "Tórtola" por recuperar estos antiguos textos.

Una décima de segundo, un metro, una zancada, un gesto final, adelantando el pecho, los brazos. Son muy pocas cosas las que definen una victoria olímpica, pero todas ellas resumen el esfuerzo titánico de unos hombres, los atletas.

Casi siempre, rebajar en una décima una marca mundial ha exigido un entrenamiento de años, día a día.

En este reportaje, a través de estas históricas gestas olímpicas, el lector podrá desentrañar el verdadero carácter de los Juegos, representado en estos corredores de velocidad, fondo y semifondo, que realizaron, a lo largo de los tiempos, la difícil hazaña de la superación.

Estas son las Olimpiadas, el esfuerzo y la honestidad de competir con limpieza, desde Grecia —con la serenidad del Discóbolo— hasta Munich.

1912 : ESTOCOLMO

EL RISUEÑO FINLANDÉS GANO POR UNA DÉCIMA DE SEGUNDO

Cartel oficial de las olimpiadas de Estocolmo 1912

«Sólo quedaban cincuenta metros. El jadeo de Bouin se hizo desesperado. El corredor se envaraba, perdía velocidad. Kolehmainen iba a ganar.»

"En las calles de Estocolmo, aquel mes de julio de 1912, el mes de los Juegos Olímpicos, dos nombres se destacaban entre el rumor de las conversaciones de tema deportivo: Kolehmainen y Bouin. la prueba objeto de aquellas discusiones era la carrera de los 5.000 metros.

Ceremonia de apertura de los Juego Olímpicos de Estocolmo de 1912

Probablemente, en la historia de las Olimpiadas no ha habido nunca una carrera de fondo en la que dos hombres fueran rivales tan absolutos, tan claramente distanciados de sus contrincantes y entre los cuales la elección fuera tan difícil. Las diferencias entre los dos corredores hubieran sido materia para un estudio de contrastes.

Hannes Kolehmainen, de Finlandia, era alto y rubio, un hombre de agradable presencia y alegre sonrisa.

El francés Jean Bouin era bajo, robusto y de torso poderoso; peinaba su pelo oscuro con raya en medio y ostentaba un bigotillo. Su aspecto era grave.

Kolehmainen era, fundamentalmente, un corredor fuerte, capaz de superar a sus oponentes mucho antes del final. Su zancada, larga y viva, devoraba el terreno con la mayor efectividad. La ventaja de Bouin estaba en sus piernas cortas y musculosas, que, además de permitirle recorrer grandes distancias con eficacia y economía actuaban como muelles: su paso corto daba la impresión de un trote.

Hannes Kolehmainen

Kolehmainen era un deportista polifacético. Se había situado a los 18 años como uno de los veinte mejores esquiadores finlandeses de fondo y era también bueno en el salto de longitud. Bouin había dedicado su vida, exclusivamente, al pedestrismo.

Los dos eran, por supuesto, campeones populares. Kolehmainen —cuyo hermano, Tatú, había introducido en Finlandia las técnicas norteamericanas del pedestrismo, iniciando una gran tradición— era conocido como "Hannes el Risueño".

Bouin se apoderaba de la imaginación del público por el puro dinamismo de su acción y por la pasión que llenó todo su historial. Era el orgullo de su nación y cuando ganó el Premio de las Seis Naciones, el aviador Chappel le hizo dar en su aparato dos vueltas alrededor del aeródromo donde se había disputado la prueba.

Lógicamente, debían haberse enfrentado en los 10.000 metros, que habían de correrse primero, ya que Bouin era el plusmarquista mundial de esa distancia con un tiempo de 30' 58" 8, logrado en condiciones invernales en el mes de noviembre precedente.

Jean Bouin

Pero Bouin creía que sus posibilidades eran mejores en los 5.000 metros. Ciertamente, en esta distancia, su potencial era más estimulante.

Se habían enfrentado una vez con anterioridad, en Berlín, compitiendo en una prueba de 7.500 metros (milla alemana). Venció Kolehmainen y Bouin se retiró.

Se encontraron de nuevo en Estocolmo, en la pista de entrenamiento. Una gran multitud observó con asombro cómo se arrodillaban uno junto al otro en el suelo de ceniza y escribían en el polvo un lenguaje común de distancias y tiempos. Seguidamente iniciaron un ensayo de 2.500 metros.

Partieron juntos y luego se fueron alternando en el primer puesto. Los dos daban la impresión de estar a punto. Finalmente, dieron juntos la última vuelta, los dos sonriendo. El tiempo final fue el mejor que jamás habían conseguido. Parecía que el record de los 5.000 metros iba a situarse por debajo de la marca mágica de los 15 minutos.

Pero Kolehmainen tenía que actuar primero en los 10.000 metros. El sábado, 7 de julio, participó en las eliminatorias y se calificó cómodamente. Al día siguiente disputó la final de la tremenda prueba.

Su ritmo fue increíble. Recorrió los primeros 1.500 metros en sólo 4' 13", y su tiempo, cuando completó los 5.000 era 15' 11, a pocos segundos del récord mundial de esa distancia, Kolehmainen invirtió un minuto más en recorrer la segunda parte de la prueba, pero ganó destacadísimo obteniendo un inmenso triunfo popular.

El finés participaba bajo los colores rusos, pero todos sus compatriotas presentes entre la multitud ondearon pequeñas banderas finlandesas —blancas con una cruz azul— cuya exhibición estaba prohibida en su país. Hubo todo un mar de banderolas, y todavía habría más cuando se corriese la prueba de los 5.000 metros.

El prestigio de Kolehmainen había crecido, pero, por otra parte, parecía excederse peligrosamente con aquellas carreras de 10.000 metros. Las eliminatorias de los 5.000 metros se disputaron al día siguiente, lunes, y la final se corría el martes.

Hannes Kolehmainen se clasificó en su eliminatoria con tanta facilidad como había esperado. Pero Bouin venció en la suya con el tiempo sensacional de 15' 05" 0. Luego, observó que apenas se había esforzado. Cuando preguntaron su opinión a Kolehmainen, éste contestó que correría la final en 14 minutos y 50 segundos; rebajaría la marca no sólo a 15 minutos, sino incluso 10 segundos por debajo de ese tiempo.

En Estocolmo reinaba una verdadera fiebre por aquel entonces.

El estadio estaba abarrotado cuando, a las dos de una cálida tarde, los participantes se situaron junto a la línea de salida. Todas las miradas estaban fijas en el alto finés y en el rechoncho francés. Casi nadie se preocupó del norteamericano Bonhag, quien inmediatamente se puso en cabeza. Otros dos norteamericanos iban entre Bouin y Kolehmainen. pero sólo se mantuvieron una vuelta. A continuación Kolehmainen tomó la delantera y Bouin saltó a sus talones. El resto se distanció.

Instante de la salida de la final de 5000 m

Cubrieron los primeros 1.500 metros en 4" 17", a menor rapidez que la fulminante apertura del finlandés en los 10.000 metros, pero de todas formas muy deprisa, porque esta vez eran dos los que debían mantener la velocidad...

De pronto se produjo un sobresalto entre la multitud. Con unas zancadas rápidas, Bouin tomó la delantera sobre Kolehmainen. Fue una verdadera conmoción porque, evidentemente, al francés le bastaba ya con mantenerse y confiar en su sprint. La «misión» de Kolehmainen era ir en cabeza, y ahora, sorprendido, vaciló y se rezagó.

Bouin sostuvo el ritmo enérgicamente, se mantuvo en cabeza durante dos vueltas y seguidamente lanzó un ataque. La muchedumbre gritaba. Kolehmainen emprendió la caza: había entre ellos un margen de cuatro metros y, finalmente, quedaron igualados.

Los restantes competidores estaban a media vuelta de distancia, algunos aún más lejos, y otros se retiraban. En cabeza proseguía incansablemente el feroz ritmo. Era increíble. Los cronómetros se volvían locos.

Contraataque de Kolehmaninen

Y de pronto, en la penúltima vuelta, Kolehmainen contraatacó, mientras el estadio prorrumpía en aclamaciones. En la curva, Bouin se adelantó despegándose de su contrincante. Entraron en la recta y se oyó el sonido de la campana. Nuevo tirón de Bouin. La diferencia se amplió nuevamente a dos, tres, cuatro metros. Kolehmainen la redujo a dos.

Terminaba la recta. Una figura se adelantó al borde de la pista. Era el masajista de Kolehmainen. «¡Espera!», le gritó. Y hubo de gritar de veras porque la multitud aullaba.

Bouin mantuvo sus dos metros de ventaja en toda la curva. Salió potentemente a la recta final. La cinta de la meta le llamaba. Tenía aún los dos metros. Kolehmainen seguía rivalizando con él en la segunda calle, pero todavía rezagado dos metros... ¡No! Sólo uno.

Recta de meta con Kolehmainen en progresión

Quedaban cincuenta metros de carrera. El jadeo de Bouin se hizo desesperado. El corredor se envaraba y perdía velocidad. Kolehmainen se puso a su altura. Ahora, en la tercera calle, sus codos se tocaban... Bouin se retrasaba y Kolehmainen iba a ganar. Y llegó el final: Kolehmainen, triunfador por un metro, levantaba los brazos al aire.

Kolehmainen le arrebata el oro a Bouin en el último instante

Otra fotografía de meta desde el ángulo opuesto

La muchedumbre se tiró a la pista y se llevó en volandas al «Risueño Hannes», su gran ganador de dos medallas de oro, vencedor de la carrera más emocionante y fantástica que jamás habían visto. Mientras, Jean Bouin se quedaba solo, desilusionado, amargamente decepcionado consigo mismo, incapaz de creer lo que acababa de pasar...

Se habia sentido tan en forma que abandonó su táctica y se situó en cabeza. En el apogeo del durísimo ritmo lanzó todos aquellos ataques contra Kolehmainen y estuvo a punto de romper a su contrincante dos o tres veces. Lo había hecho tan bien que logró el tiempo increíble de 14' 36" 7, casi medio minuto por debajo del anterior récord mundial.

Pero Hannes Kolehmainen, quien corría su cuarta prueba en cuatro días, había invertido una décima de segundo menos, venciéndole por un metro.

Estadio Olímpico de Estocolmo en la actualidad. 2007.

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